El tamizaje de mama cambia de pregunta.
Octubre se viste de rosa cada año, y cada año corremos el riesgo de que el listón repita lo que dijo el anterior: hágase la mamografía. Es un mensaje correcto, necesario, pero incompleto, porque en los últimos meses la ciencia del tamizaje cambió de pregunta, y quien dirige una clínica, una aseguradora o una empresa en Chile necesita saberlo antes de que el cambio le llegue por la vía de los hechos. En Chile murieron 2.263 mujeres por cáncer de mama en 2023, es decir, seis cada día. La pregunta ya no es solo cuántas mamografías. Es con qué ojos, a quién y cada cuánto. Tres estudios, publicados en menos de un año, ordenan esa conversación.
El primero es sobre «con qué ojos». El ensayo MASAI, en Suecia, aleatorizó a más de 105.000 mujeres entre la doble lectura tradicional por radiólogos y una lectura apoyada por inteligencia artificial; sus resultados finales, publicados en The Lancet en enero, muestran 12% menos cánceres de intervalo, esos que aparecen entre un control y otro, 27% menos tumores de subtipo agresivo y una carga de lectura 44% menor, con falsos positivos similares. O sea, la IA no reemplazó al radiólogo… lo dejó mirar mejor donde importaba.
El segundo es sobre «a quién». El ensayo WISDOM, con más de 28.000 mujeres en Estados Unidos, comparó la mamografía anual para todas con un tamizaje según riesgo, que combina genética, historia familiar, densidad mamaria y estilo de vida: el esquema personalizado fue tan seguro como el anual y registró cerca de un tercio menos de cánceres avanzados. La edad, por sí sola, empieza a quedarse corta como criterio.
El tercero es sobre «cada cuánto», y sobre el miedo que durante años frenó esa pregunta, porque mientras más seguido se mira, más se teme encontrar lo que no había que encontrar. Ese miedo tiene nombre: sobrediagnóstico, es decir, detectar tumores que nunca habrían dado problemas, que algunas estimaciones situaban en 30% o 50%. Un metaanálisis publicado en septiembre en el Journal of the National Cancer Institute reanalizó los ocho grandes ensayos aleatorizados con su seguimiento completo y lo sitúa por debajo de 5%. No cierra el debate, pero lo devuelve a su proporción.
Leídos juntos, los tres estudios dibujan un tamizaje distinto: estratificado por riesgo, asistido por algoritmos y medido por lo que ocurre en la vida de las mujeres, no por el volumen de exámenes. Para una clínica, eso significa revisar si su flujo de imágenes está preparado para incorporar IA con validación local y trazabilidad. Para una aseguradora, preguntarse si sus coberturas premian la mamografía por edad o la detección oportuna según riesgo. Para una empresa, entender que invitar a sus trabajadoras a hacerse el examen es un comienzo, no una estrategia. Para usted, la acción es concreta: conozca su historia familiar y, si ya se ha hecho una mamografía, pregunte por su densidad mamaria; con esa información, converse con su médico cuándo y cada cuánto controlarse. Para su organización, la decisión es otra: dejar de contar exámenes y empezar a contar mujeres que llegaron a tiempo a su diagnóstico.
El listón sigue siendo rosa. Lo que cambió es la ciencia que lo sostiene.
Fuentes: Gommers J, Lång K, et al. MASAI. The Lancet 2026 · Esserman LJ, et al. WISDOM. JAMA 2025 · Njor SH, et al. Sobrediagnóstico en los ensayos de mamografía. JNCI 2026 (vía News-Medical) · Universidad de Chile, DEIS-MINSAL, defunciones por cáncer de mama 2023












